A Mia
El miércoles pasado dormimos a Mia, nuestra hermosa perra labrador que nos acompañó durante nueve años y medio. Mis tres hijos y yo la despedimos entre lágrimas y caricias. Fue muy doloroso presenciar su muerte, pero ella se merecía no estar sola en esos momentos. Mientras escribo estas líneas ahora soy yo la que se siente sola, extraño sus ronquidos que tanto me desconcentraban, y sus golpeteos con la cabeza para que le abriera la puerta del estudio. Los días pasan y no me acostumbro a ver vacía su cama. En sus últimos meses apenas podía caminar y bajar escaleras, pero de pequeña tenía una dinamismo que había que ponerle un collar especial para que al salir a la calle, yo no terminara siendo arrastrada por ella. Recuerdo que cuando los hijos de mis amigas venían a la casa, había que encerrarla en el balcón, y ella, sabiéndose temida, saltaba como si estuviera en un acto del circo. Mis amigas escapaban asustadas con sus hijos, sin darse cuenta que, a pesar de su energía, era imposible que Mia atravesara el cristal. Pero al mismo tiempo era dulce, noble y cariñosa. Durante mis peores crisis fue una gran compañía. Era el pretexto perfecto para salir a caminar. Claro, yo lo hacía por ella, para que corriera por los jardines y se despejara del aire encerrado del departamento. Pero en realidad era ella quien lo hacía por mí, en esos paseos recuperaba un poco de la energía que tenía perdida. Es muy triste no tenerte, Mia, pero debo aceptar que me siento muy afortunada por todos esos años que formaste parte de la familia. No me queda más que agradecerte por todo lo que hiciste por nosotros, por tu amor incondicional y por tantas alegrías. Te llevaremos en el corazón siempre.



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