En el 2015 creí que una llamada cambiaría mi vida. El celular sonó cuando me encontraba en la regadera, al salir remarqué al número desconocido y en cuanto escuché que una grabadora me decía que había llamado a la editorial SM, mi cuerpo comenzó a temblar. A los pocos minutos me encontraba hablando con los jueces que me habían otorgado el Premio Gran Angular por mi novela El año terrible. Yo gritaba y daba saltos por toda la casa ¡Gané! ¡Gané!, exclamaba eufórica una y otra vez. Los primeros días y hasta meses la adrenalina seguía corriendo por mis venas, a veces hasta fantaseaba con verme desfilar por alguna alfombra roja con un vestido de Valentino. Ahora que han pasado algunos años puedo ver lo ingenua que fui. ¿En qué estaba pensando cuando creía que mi vida cambiaría? ¿Sería tan famosa que tendría que usar gorra y lentes oscuros para evitar a los fans que se congregarían a las afueras de mi casa?¿O se trataba de algo todavía más increíble, como que de la noche a la mañana me crecería el pie diez centímetros? En una entrevista que le hicieron a Etgar Keret, uno de mis escritores favoritos, cuenta sobre lo arbitrarios que son los premios. Una vez dos jueces deliberaban sobre un premio. El ruso se lo quería dar a Keret y el inglés no. En eso el inglés le dijo: ya, tengo hambre. Y el ruso respondió: pues yo no, y podría quedarme así hasta las 4 de la mañana. El inglés, desesperado por ir a comer, aceptó dárselo a Keret ¿Un premio decidido por hambre? Me pregunto que habrá sucedido en mi caso. Quizá los jueces desayunaron chilaquiles, a todos les causó diarrea menos a uno, y ése fue quien me eligió. ¿Así que mi premio se lo debo a un estómago resistente? Con razón mi vida no cambió.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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