Hace meses que no tenía una recaída. Al frasco de Rivotril, siempre a la mano, se le había formado una capa mohosa por falta de uso. Las crisis tienden a anunciarse. Los días previos hay una sensibilidad extrema, una especie de paranoia, se pierde la dimensión de los eventos, la cabeza se siente fatigada, molida y dispersa. Hasta que al fin se presenta el agujero en la boca del estómago y entonces captas que todo lo que llevabas arrastrando en la semana era eso: un nuevo bajón. Es cierto que cada vez son menos, y su duración es muy limitada, de sábado a lunes, (si no contamos la semana de avisos) Sin embargo cuando estás ahí, sumida en la tristeza, llorando, apática, zombie, con insomnio y viendo Netflix las 24 horas, piensas que vas a permanecer así para toda la vida, te aterras y es inevitable odiarte por padecer bipolaridad 2. Por suerte el lunes amanecí muy bien. Con ganas de escribir el blog, trabajar en el guión y dispuesta a pedir perdón a quienes había afectado con mi irritabilidad y ausencia. Estas pequeñas crisis hacen que me cuestione, ¿si tuviera la oportunidad de elegir, escogería ser bipolar? Si las medicinas que me lo controlan no existieran, la respuesta sería un rotundo no. Pero debido a que la mayoría del tiempo el Seroquel hace su debido efecto, puedo decir, aunque cause shock en mis lectores, que escojo mi diagnóstico. Ser bipolar me hace sentir las cosas con mayor intensidad, el amor, la pasión, las risas, la nostalgia y la tristeza. Quizá por eso escribo, por esa sensibilidad hacia la vida, hacia esos pequeños detalles que se transforman en experiencias reveladoras: una canción, la escena de una película, un concierto o la carta de una amiga. Ser bipolar es parte de mi esencia, y así, tal cual, me prefiero.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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