Te has preguntado, ¿de dónde salen los personajes de los libros? Seguro que la respuesta más obvia es de la imaginación. Y es verdad. Pero hay otra que compite con ella, y es de los personajes de carne y hueso que te rodean. O al menos en mi caso es así. Dana, de El año terrible soy yo. Julio, de Abril es mucho más que un mes es José mi hijo, La cosa fea, de Cinco modos para deshacerme de mi hermanito es Ari, el hijo de una amiga, y así puedo seguir con la lista. Esto tiene un doble truco, por un lado, utilizo sus características para no crear personajes de la nada. Segundo, como ya estoy encariñada con ellos, me es más fácil ponerlos en papel y meterlos a la trama, hacer que se metan al conflicto y salgan victoriosos de él. Cuando conoces al personaje desde que “nació” en la vida real, no hay forma de que te parezca un extraño en tu novela. Además, tomar rasgos de personas reales no significa copiarlas al pie de la letra: es como tomar prestadas piezas de un rompecabezas para armar uno nuevo. A veces mezclo rasgos de varios, una risa aquí, una manía allá, y otras los transformo por completo hasta que se adaptan a la historia. Ese proceso me salva de los estereotipos y me ayuda a crear personajes con contradicciones, hábitos y sorpresas que hacen que el lector los reconozca como humanos, no como arquetipos de catálogo.
Y hay un beneficio emocional que no esperaba: al plasmar a alguien cercano en la ficción, puedo mirarlo desde otra perspectiva y entenderlo mejor. Escribirles conflictos y resoluciones me obliga a considerar sus miedos y deseos con más honestidad, y muchas veces termino aprendiendo cosas sobre ellos, y sobre mí, que no habría descubierto de otra forma. Eso convierte el acto de crear en una forma de empatía y crecimiento, además de en pura diversión.



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