Escribir para niñas, niños y jóvenes no es solo entretener: es acompañar, preguntar, abrir ventanas. Me atrae abordar temas tabú porque considero que la literatura es un espacio seguro y poderoso para explorar aquello que, fuera del libro, a menudo se silencia.
Los tabúes generan aislamiento. Cuando un personaje dice en voz alta una experiencia difícil, como por ejemplo, me quiero deshacer de mi hermanito, el lector se siente menos solo. Me gusta escribir para que los lectores encuentren palabras que nombran sus miedos y les permiten entenderlos mejor. Ese acto de nombrar disminuye la carga del secreto.
La literatura permite enseñar desde la empatía, no desde la lección. Por eso odio las moralejas, los mensajes obvios. Al poner a los lectores dentro de una historia, se crean puentes para comprender distintas realidades sin juzgar. Prefiero mostrar dudas, contradicciones y procesos de aprendizaje antes que soluciones simplistas; así respeto la inteligencia emocional de los jóvenes.
Escribir sobre tabúes en literatura infantil y juvenil es un acto de confianza: confío en la capacidad de los lectores jóvenes para enfrentar la complejidad, y confío en la literatura como herramienta de consuelo, reflexión y cambio. Por eso sigo eligiendo esas historias: una niña con tartamudez, una adolescente con depresión, otra que se etiqueta como gorda. Porque muestran que hablar de lo que duele es, a menudo, el primer paso para sanar.



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