¿Se imaginan ser más importante que una caja de estampas de futbol americano? Nunca imaginé que decir eso me llenaría de orgullo. Pero así es. La historia es esta: En agosto comencé a enseñar un Diplomado de Literatura. Se trataba de mi primera experiencia como docente a adultos. El último tema fue Literatura Infantil y les dejé leer Cinco modos para deshacerme de mi hermanito. Claro que cuando lo hice no me di cuenta de lo que estaba haciendo. Me estaba exponiendo y arriesgando a que las alumnas despotricaran en clase sobre lo oscuro de mi proceso creativo, sobre mi salvajez para escribir un libro de ese tipo a niños “inofensivos”, y que además, me cuestionaran si acaso no me siento culpable de fomentar la rivalidad entre hermanos, así como otras muchísimas cosas más que nunca se me atravesaron por la cabeza. El resultado fue hermoso aunque no sé si lo volvería a hacer. Prefiero dejarles leer La peor señora del mundo y justificar a Hinojosa, que defenderme a mí misma. Recibí un mensaje de la dulce voz de la hija de una de mis alumnas diciendo cómo el libro se había vuelto su favorito. Casi todas las alumnas contaron lo mucho que lo disfrutaron, ellas y sus hijos. Y enseguida llegó la cereza del pastel: Una alumna con cuatro hijos, el mayor de diez estaba de excursión (creo), la mamá iba leyendo un capítulo cada noche. Para cuando llegó el hijo mayor le tenían una lista de sorpresas: algo que no recuerdo, la caja de estampas de americano y, en sus palabras, “la mejor sorpresa de todas”: Cinco modos para deshacerme de mi hermanito. Estaba a punto de llorar en plena clase, pero apreté los dientes y me controlé. ¡Me siento tan importante! ¡Soy mejor que una caja de estampas!



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