Estoy a punto de mandar mi novela a la editorial. Aún no defino el título ni me decido por qué editorial escoger. Pero prácticamente el proceso de escritura está terminado. No recuerdo exacto cuándo empecé a escribirla, pero calculo que fue hace alrededor de dos años con alguna que otra interrupción. Terminar una novela siempre implica una enorme satisfacción pero también conlleva un proceso de luto. Es momento de despedirme de Abril, la protagonista, de confiar que así como ella conquistó mi corazón también lo hará con el de los lectores. (Aunque primero tenga que pasar por la prueba de fuego y convencer a los editores que vale la pena ser publicada). Me siento fascinada al ver en esas 128 páginas horas y horas de trabajo, entrega, pasión, risas y reflexión. Al mismo tiempo siento un agujero en la boca del estómago. Estoy segura que no es hambre ni tampoco el principio de un ataque de pánico. Es simplemente esa sensación que da al despedirte de un buen amigo que sabes que no verás por mucho tiempo. Un amigo que vas a presentarle a tus mejores amigos. Un amigo que lo más seguro es que se vuelva más cercano de un montón de desconocidos. ¿Me preguntas si me da celos? La verdad sí. ¿O crees que cuando veo a alguien con mi libro en sus manos lo primero que pienso es wow, qué increíble? Vamos a tomar un café. ¡No! A veces siento ganas de arrancarle la novela y gritarle en plena librería: ¡Hey! ¡Ése que está leyendo mi libro! ¡Es mío! ¡Ni creas que pagando los 200 pesos que cuesta puedes adueñarte de él! Pero no puedo, en primera porque seguro terminaría pasando una noche en la cárcel si no es que en el hospital psiquiátrico. Y segundo porque esa es la realidad de los escritores. Tenemos que soltar, aunque duela un chingo.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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