La semana pasada me pasó algo que todavía estoy digiriendo: 65 alumnos de bachillerato y 20 maestros se sentaron a leer El año terrible. Sí, ese libro que escribí con más tripas que cerebro, y que resultó tener la mala costumbre de ganar un premio.
Nos juntamos en una sesión de preguntas y respuestas, y lo que más me sorprendió fue que, en lugar de esquivar los temas incómodos, se lanzaron de lleno: enfermedades mentales, tabús familiares, lo que se dice (y lo que nunca se dice) en la mesa.
Hablamos de lo que duele, y de cómo la escritura puede ser ese puente incómodo pero necesario para ponerlo en palabras.
La experiencia me hizo preguntarme si, al tratarse de una historia tan autobiográfica, no me daba miedo exponerme así. La verdad, sí. Por supuesto que sí. Pero el miedo no alcanza como excusa. Hay algo extraño —y a la vez hermoso— en mostrarle al mundo las propias heridas: a veces, lo que una imagina que va a generar rechazo, en realidad despierta lo contrario. Empatía. Alivio. O al menos una risa nerviosa del otro lado que dice, bajito: “a mí también me pasó”.
Lo que me recordó otra cosa: que el humor no es una distracción, sino un salvavidas. A veces, la única manera de contar lo dramático es reírse un poco de una misma.
Fue una experiencia brutalmente honesta y, paradójicamente, luminosa. Al final entendí que no hay nada más poderoso que compartir la vulnerabilidad.
Y tú, ¿cuál es esa parte tuya que todavía no te animas a contar, aunque sabes que liberarla te haría bien?



2 Comments
Felicidades por todos los logros y el poder compartir este libro con los alumnos y maestros!
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