Hay un imán cuando escribo que me empuja casi siempre hacia la primera persona. Sé que debería practicar otras voces, se lo digo a mis alumnos, pero cada vez que empiezo una historia la narradora en primera persona actúa como cadenero: bloquea la entrada al bar a la segunda y la tercera persona. Es musculosa, alta y con rostro de pocos amigos; nadie se atreve a colarse y la primera persona se impone como la voz que cuenta lo que navega en mi cabeza. Me gusta porque me da intimidad emocional, al narrar en yo, transmito los miedos, vergüenzas y pequeñas victorias del protagonista, de forma directa.
Confesar errores y decisiones dudosas desde el yo humaniza a la narradora y hace creíbles sus motivaciones.
La primera persona es como entrar al cuarto de alguien y que te cierre la puerta: de pronto conoces secretos, manías y calcetines tirados por el piso. Eso crea una conexión rápida; el lector se siente dentro del pensamiento del narrador, no afuera mirándolo con binoculares.
Cuando el narrador cuenta sus fallos y pensamientos turbios en primera persona, el lector tiende a perdonarlo porque lo siente cercano y humano: escuchar la excusa desde su boca reduce la distancia moral y transforma al personaje de villano abstracto a persona con matices. Al final, ser fan de la primera persona es admitir que prefiero la intimidad del cuarto al espectáculo del teatro. No porque tema al público, sino porque dentro de ese cuarto encuentro la materia cruda que después me atrevo a mostrar.
¿Y tú con qué voz te identificas más?



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