Hay muchas formas de escribir. Puedes enfrentarte a la página en blanco y rellenarla con frases bonitas que no dicen nada, o puedes armarte de valor y escribir desde el corazón: esa parte que duele, que quema, que te deja en pelotas delante de tus propias palabras.
A mí me gusta la segunda. Escribo desde la vulnerabilidad, que, como dice Brené Brown, es mostrarse auténtico pese al miedo: ahí nacen la conexión y el coraje. Primero tienes que encontrarte tú mismo en el texto, hacer contacto con lo que te hace tropezar, para que el lector también tropiece contigo y, si quiere, se levante al lado tuyo.
Piensa en Dana, de El año terrible: jamás habría comparado al psiquiatra con Willy Wonka si ese personaje no hubiera hecho eco en mí. No es solo imaginación; es lo que pasa cuando un personaje te atraviesa y te pone a prueba. Escribir así no es exhibicionismo barato, es prestarle al lector una rendija por la que mirar tus sombras sin pedir permiso.
Y sí, duele. Pero duele bien: es como sacarte una astilla con pinzas y luego descubrir que puedes mover el dedo sin que te cuadre el corazón en la garganta. Si quieres que alguien recuerde lo que escribiste, no le des palabras perfectas; dale una rendija, una torcedura honesta, una risa incómoda. Porque la verdad no necesita ser bonita para quedarse pegada, solo necesita ser verdadera.



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