Estoy atorada con el final de mi novela, así que he decidido dejarla descansar durante dos o tres semanas para ver si la pausa despierta mi creatividad. No es pánico ante la página en blanco: sigo escribiendo posibles finales, pero ninguno me convence. No creo que el cierre tenga más importancia que el resto de la obra, pero sí debe tener sentido: armar las piezas y quedarse resonando en la cabeza, dejando una duda que invite a volver a leer.
Mientras tanto, me dedicaré a otras pequeñas rutinas que alimenten la mirada: leer libros que no tengan nada que ver con mi género, caminar sin rumbo, hablar con gente cuya vida me sea ajena. Son gestos mínimos que, con suerte, desordenarán lo que llevo en la cabeza y permitirán que aflore una solución menos forzada. También revisaré mis apuntes y escenas descartadas; a veces el final correcto se esconde en una línea que creí prescindible.
No tengo prisa por forzar un desenlace perfecto hoy; prefiero esperar a un final honesto que responda a la lógica interna de la historia. Volveré con ojos más claros y, si hace falta, reescribiré hasta que las piezas encajen. Y si te encuentras en el mismo punto: regálate la pausa; a menudo la distancia es la mejor herramienta del escritor.



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