No es raro verme llorar. Quienes me conocen saben que no se requiere de mucho. Por ejemplo, hace unos días estaba en el avión y anunciaron que era el último vuelo de la azafata Lupita, quien había cumplido 40 años de servicio. Todos los pasajeros le aplaudieron mientras ella desfilaba por el pasillo con los ojos llenos de lágrimas. Y ahí estaba yo, llorando a moco tendido, empática a más no poder, como si la conociera desde la infancia. Para algunos es una virtud, ¡qué padre que puedas sentir tanto!, me dice el Barón. Yo lo miro con desconfianza, ambos sabemos que eso es un arma de doble filo. Por un lado, le debo a mi sensibilidad el ser escritora, pero por el otro, ser hipersensible es HIPERCANSADO. Y no exagero. Vivo las alegrías y tragedias de millones de desconocidos con los que me topo en mi camino. Y me las apropio como si en realidad fueran mías. Es muy desgastante. Y no solo eso, hay una infinidad de películas, libros y series de televisión que me abren el grifo y me ponen a llorar con total naturalidad. El último fue Una suerte pequeña, un libro de Claudia Piñero de lo más conmovedor. Y de nuevo ahí estaba yo, en el mismo avión en el que Lupita se despediría unos minutos después, llorando por el gran final del libro, experimentando las mismas emociones de la protagonista, era yo a la espera de ver al hijo de Mary Lohan, o más bien a mi hijo. A veces pienso que si no aprendo a distanciarme de los otros terminaré exprimida como una naranja sin jugo, sin vida propia, sin sabor y arrumbada en el más apestoso de los basureros. Crucemos dedos porque eso nunca suceda. Mientras tanto, quizá sea una buena idea dejar de viajar en avión por el momento.



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