Reconozco que soy la más desordenada. Mi lugar de trabajo es un caos. En un escritorio cuadrado de 120 por 120, tengo hojas impresas de mi nueva novela repartidas por doquier, libros en montones, post – its de colores, facturas, plumas, cables, una caja de klinex, marcos con fotos, libretas, clips, una cinta adhesiva, una bolsa de cartón con varios cd´s, (¿Quién sigue escuchando cd´s?), la funda de mi computadora, mi celular, una funda de lentes, vasos con agua, y una maqueta de la fuente de Trevi hecha con lego que me construyó un amigo. Obvio el caos externo escala a mi cerebro como si fuera una hilera de hormigas rojas que se escabulle entre mis neuronas, impidiendo que piensen con claridad. De hecho, tuve que pegar en la pared que está a mi derecha, hojas con el nombre y las características de cada uno de los personajes de mi novela. Era imposible pedirle a mi cerebro que recordara tantos datos. Me imaginé que Gabriel García Márquez habría hecho lo mismo con Cien años de soledad, solo que yo en versión pequeña. Quizá otra solución más práctica hubiera sido ordenar mi escritorio, acomodar los libros, hacer una limpieza de las hojas impresas de mi novela, quitar la bolsa de cd´s que ni caso tiene que ande por esos rumbos, guardar las facturas en el cajón de mi cuarto, entre otras cosas que seguro surgirían en el camino. De esta forma, viendo el escritorio en orden, las hormigas no habrían tenido más opción que irse a buscar otro cerebro que atacar. Por lo tanto, mis neuronas habrían recuperado su capacidad para pensar con claridad y listo. Pero las soluciones prácticas no están hechas para las personas desordenadas. Además, ¿qué tal si el caos de mi escritorio es lo que me inspira a escribir? ¿Te imaginas? ¿Dejar de ser escritora por preferir el orden? ¡Eso jamás!

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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