En algún lugar leí que el mundo está dividido en dos. Las personas que aman a los perros y las que prefieren a los gatos. Si me has leído sabrás que pertenezco al primer grupo. Sin embargo, dentro del grupo de los perros hay muchas variables. Hay quienes los dejan dormir a en sus camas, quienes les dan besos en la boca, quienes los consideran parte de la familia. Y otros que marcan más sus límites, tienen perros, pero solo los acarician una vez al día como si fueran un sillón de terciopelo, o los que se la pasan diciéndoles ¡No!, a todo, como si su nombre fuera realmente ése: ¡No! (por cierto hay un libro maravilloso sobre el tema, de Marta Altés que se llama ¡No!) Hay quienes prefieren perros de razas extrañas y más finos que sus dueños, y otros que preferimos adoptar y contribuir a que hayan menos caninos sin hogar. Todo este preámbulo es para contarles sobre mi amiga M, quien tiene dos perros de razas impronunciables. Hace unos diez años la invité a cenar a mi casa, en ese entonces yo vivía en Israel y ella estaba de visita. Me la pasé cocinando toda la tarde, puse la mesa con todos los platillos y justo antes de sentarnos, mi perro lamió una minúscula parte de la ensalada. De verdad fue algo insignificante, una mini probadita, un mini contacto de su lengua con el aderezo. Y eso fue todo, mi amiga se negó a comer la ensalada. Simplemente no lo podía creer. Los años pasaron y este fin de semana volvió a suceder, mi perra metió la nariz al pastel de cumpleaños de su esposo, ¡La nariz!, ni siquiera la boca, y de nuevo el conflicto. Quizá yo esté equivocada y mi amiga tenga razón, pero si hubieran visto el pastel de chocolate…o mi ensalada de quinoa…dudo que se hubieran negado a probarlos.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


No Comments