Hace tiempo que no sentía este cosquilleo y adrenalina al sumergirme en el acto de contar una historia. Ahora, cuando paseo por la calle sin audífonos, cosa rara en mí, cada paso resuena con el ritmo de las palabras que aún no he escrito, porque la historia se empieza a tejer también en movimiento, fuera de la pantalla. En esta nueva travesía de creación, me encuentro rodeada de novelas, cuentos, podcast, todo lo que sirva para alimentar esta chispa. Leer y releer, marcar párrafos, doblar páginas, hacer de mi escritorio un caos lleno de vida. Hubo momentos en que pensé que quizás ya no tendría historias que contar. Creí que con mi último libro había agotado mi voz de escritora, que necesitaba buscar nuevos caminos. Podría convertirme en entrenadora de caracoles o estudiar para ser chef de sopas instantáneas. Sin embargo, una luz, tenue pero insistente, apareció en el horizonte. Estaba justo a mi alcance, sin darme cuenta, así que simplemente la tomé antes de que desapareciera. No escribir esta historia no es una opción; es una necesidad y algo que deseo preservar para el futuro.
La escritura es eso: una huella que dejamos en el mundo, una marca que el tiempo no puede borrar. Es un legado del alma que merece ser contado, vivido, sentido. Porque cada palabra es un paso más en este camino eterno de descubrimiento, un recordatorio de que, en cada pausa, en cada silencio y palabra escrita, estamos dejando un pedacito de nosotros.



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