Hay una forma muy extraña de leer. No tiene que ver con placer ni con mi lista de pendientes que cada semana crece más. Sucede cuando estoy escribiendo. Las reglas del juego cambian. Ya no estoy leyendo por leer, lo hago para escribir. De repente, cada libro se convierte en una mina de oro literaria, cada página un campo de posibilidades aún no explotadas. Es un cambio casi imperceptible, pero lleno de significado. Ahora me pregunto qué puedo robar para mi propio proyecto. Una palabra, una metáfora, cierto olor o textura.
Arrojo una mirada sospechosa a cada oración, escudriñando cada palabra como si fuera un mapa del tesoro que me llevará a la próxima gran idea. La honestidad del asunto es que esta manera de leer me obliga a enfrentarme a una diferente forma de absorción del conocimiento. Es como ponerse un par de anteojos nuevos que me dejan ver el texto a través de lentes de escritor. Cada descubrimiento se siente como una pequeña victoria personal. No estoy hablando de un robo flagrante de ideas; es más bien una especie de simbiosis creativa.
Así que aquí estoy, con la misión diaria de asimilar el universo de los libros para reconstruirlo de nuevo con mis propias palabras.
Te invito a probar este ciclo infinito de leer para escribir y escribir para seguir leyendo. Verás que una vez adentro, se vuelve adictivo.



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