El fin de semana fui a ver una de esas películas que te hacen sentir agradecida por la magia del cine. Se llama La vida de Chuck, y si aún está en cartelera, deja lo que estés haciendo y ve a verla. No quiero hacer spoilers, pero hay una escena que se quedó grabada en mi mente: Chuck, no recordará muchos detalles de su vida, pero sí ese baile improvisado en la calle, acompañado por una bailarina de vestido rojo y la música de una chica en la batería. Son de esos momentos mágicos que la vida nos regala y que, a veces, nos olvidamos de apreciar.
Me hizo reflexionar cómo muchas veces nos quedamos con lo oscuro, con lo que no salió como queríamos, en lugar de celebrar esas pequeñas luces: ese comentario conmovedor sobre mi libro en el bookclub, ese párrafo tan perfecto que escribí, en lugar de la cantidad de minutos que pasé aguardando la inspiración, las risas con mi esposo viendo una serie y no la discusión de la mañana, o la persona que hoy se inscribió en mi taller, y no las diez que pidieron informes y no lo hicieron. La vida está llena de pequeños momentos mágicos, solo hay que detenerse, observarlos y abrazarlos, como lo hizo Chuck.



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