Debido a un medicamento que estoy tomando, mis períodos de concentración se han reducido de forma notable. Por eso el médico me recomendó leer solo libros que no exijan demasiada reflexión: tramas directas y lenguaje sencillo. En circunstancias normales eso no sería lo mío. Me enamora la forma de escribir: las palabras elegidas, las oraciones que giran, los personajes que se van revelando capa por capa. Pero, por suerte, hay libros para todos, y ahora estoy enganchada con un thriller psicológico que, además de ser fácil de seguir, me tiene totalmente picada. Esta experiencia me puso a pensar en mi prejuicio hacia las lecturas “fáciles”. ¿Pecaré de snob? ¿Por qué les cierro la puerta en un día cualquiera? ¿Por qué les hago el feo cuando, en realidad, me entretienen tanto? El libro que estoy leyendo ha vendido más de diez millones de copias. ¿Qué tan equivocados pueden estar tantos lectores? Si diez millones coinciden, no es una conspiración mundial sino una ola de gusto ¿Significa eso que la multitud siempre tiene la razón? No; significa que, si tantas personas se lo están pasando bien, tal vez deberíamos dejar de mirar con desprecio y abrir la puerta. Después de todo, la cultura de masas es como un mole de olla: quizás no sea el plato más sofisticado del menú, pero alimenta, reúne y, en ocasiones, sorprende con ingredientes que nadie esperaba. Y si alguien se atreve a juzgar, recordemos: hasta la literatura más “fácil” puede volverte adicto, y la adicción lectora es, en el fondo, una epidemia saludable. No desprecio al best seller que me atrapó; lo aplaudo. Hoy me enseñó que leer no siempre es una hazaña intelectual: a veces es solo una forma honesta de divertirse.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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