Escribir una novela puede compararse con tener una relación amorosa. Por tu parte pones algunas condiciones: el horario, la extensión, el compromiso, la fidelidad. Del otro lado, la escritura te responde con creatividad, inspiración, personajes bien delineados y, claro, también con cierta fidelidad. Es una relación tan larga e intensa como ambas partes lo permitan.
Existen también algunos trucos y trampas. Por ejemplo, cuando la terminas, no te deja ir hasta que realizas la última revisión ortográfica, la cual puede durar meses. Y mientras sigues ahí, sumergido en cada coma y cada punto, no puedes empezar a escribir nada más. Es como si hubieras firmado un pacto con el diablo: por más que desees comenzar algo nuevo, sientes las manos atadas.
Escribir una novela es entregarte a una historia que, tarde o temprano, empieza a escribirte también a ti.
¿Adivina en qué paso me encuentro yo hoy? Exacto, revisando cada punto y coma. Por suerte pude engañar al diablo y me solté las manos para escribir este blog.



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