Una de mis cosas favoritas de escribir es ese instante en que, después de releer un capítulo varias veces, salta algo mínimo: una palabra, una pista, una sílaba que nadie notaría… y, sin embargo, le da al texto una importancia descomunal. Le cambia el sentido, lo enciende, lo transforma. Pensemos hasta en el papel que juegan los artículos: el miedo parece un monstruo; un miedo cabe en el bolsillo del pantalón. Cuando pasa, me dan ganas de anotar la receta que me llevó hasta ahí. Dos cucharadas de sal del hilmalaya, una de miel de dátil y media taza de jugo de limón amarillo. Suena exótico, pero no: la única receta es estar. Presentarte una y otra vez. La magia sucede cuando te reconoces en lo que escribes, o cuando el texto empieza a reconocer tus facciones, como si la pantalla fuera un espejo que por fin te devuelve la mirada. Así que, si buscas esas llaves que abren otras puertas para tu historia, no faltes a tu cita con la página. Todos los días. Aunque sea cinco minutos. Porque las llaves aparecen, sí; pero casi siempre llegan cuando las esperas trabajando.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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