Hay una bipolaridad íntima que muchos de nosotros vivimos más allá de los diagnósticos clínicos: la que separa la noche del día. Para quienes tomamos medicamento, esa división a veces se siente más marcada: las noches que podríamos querer vivir —antros, bares con jazz, pistas para bailar, conversaciones que se alargan hasta la madrugada— quedan fuera de alcance; en cambio, las mañanas cobran protagonismo: desayunos tranquilos, rutinas de ejercicio, luz que obliga a una calma distinta. Ambas caras tienen su valor.
No se trata de elegir cuál es “mejor”. La bipolaridad del día y la noche puede verse como dos paisajes distintos: uno ruidoso y efímero; otro ordenado y nutritivo. Aceptar que ambos existen ayuda a reconciliarnos con las pérdidas (las noches que dejamos pasar) y con las ganancias (las mañanas que ahora disfrutamos). Reconocer esa ambivalencia es parte del camino hacia una vida auténtica con el trastorno.
Sin embargo, no puedo evitar sentir dolor por esas noches que me pierdo: las risas que se estiran hasta el alba, la música que atraviesa el pecho, los encuentros que cambian el curso de un día. Esa pérdida duele de verdad y está bien nombrarla. Permítete sentir ese duelo sin culpa, habla de ello con quienes te rodean y con tu médico. Que ese dolor te impulse a buscar formas pequeñas y seguras de mantener viva esa parte tuya.



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