A veces, en medio del gris más espeso, aparece una chispa. Una de esas que no hacen ruido pero iluminan el alma entera. Hoy el cielo está cubierto de nubes, también las noticias. Llueve afuera y adentro. Pero justo cuando la rutina amenaza con volverse plomo, la vida nos lanza un regalo inesperado.
Una visita a un grupo de tercero de primaria, donde los niños leyeron mi libro Cinco modos para deshacerme de mi hermanito. Entré al aula con el corazón encogido y salí con el alma ensanchada. Caritas expectantes, aplausos, manos levantadas, ojos brillando con emoción. Me aplaudieron como si yo fuera una especie de heroína (yo, que a veces olvido que soy escritora). Les mostré una pirita —la misma piedra que aparece en el libro— y la recibieron como si fuera oro. Un niño se sabía el cuento de memoria. Cada quien había inventado su propio modo para deshacerse de un hermanito: creativos, disparatados, ingeniosos.
Me preguntaron cuánto ganaba como escritora, y me reí, claro. Pero en el fondo, esa hora fue una ganancia invaluable. Un oasis. Un recordatorio de por qué escribo. De por qué empecé. De por qué quiero seguir.
Cuando el síndrome del impostor susurra al oído, son momentos como este los que hacen ruido. Y lo callan.
Al final, dos niños se acercaron a la maestra y le dijeron en voz bajita: “Gracias por invitarla”.
Una frase sencilla.
Ellos no lo saben, pero con esas palabras me devolvieron la certeza.



4 Comments
¡ Qué bonito ! 🥰
Gracias !!!
ay, me dieron ternura, ellos y tú, qué rica experiencia.
Gracias por leerme