Uno de los efectos secundarios de los medicamentos que tomo para curar o estabilizar mis enfermedades mentales es el aumento de peso. No entiendo muy bien si se trata solo de que el metabolismo camina a paso lento como una tortuga, o si es cuestión de que el apetito se agranda tanto que parece que tienes que alimentar a un gigante. Las razones son lo de menos, el caso es que como si no fuera suficiente tener que lidiar con la enfermedad, tienes que enfrentarte a todo un clóset con jeans que no te suben, playeras que te aprietan, suéteres que no te cierran, brasieres inservibles y la lista continúa. Con decirles que hasta el reloj me aprieta. La primera vez que aumenté de talla fue una tragedia, casi casi llegué a pensar que era preferible seguir deprimida y flaca, que gorda y funcional. Hice dietas, ejercicio (el cual siempre he hecho y sigo haciendo), pero nada funcionaba. Las malditas medicinas me hacían subir de a kilo por mes. ¿Malditas?, pero si gracias a ellas estoy aquí escribiendo este blog, le debo al Epival levantarme de la cama por las mañanas, reírme al lado de mis hijos, viajar con el Barón, estoy en deuda con el Seroquel, por él escribí la novela El año terrible que ganó el Premio Gran Angular, por él sigo escribiendo, presentando libros, cocinando, cenando con mis amigas, cantando en el coche, planeando viajes con mis papás y hermanas, leyendo maravillosos libros, paseando a mis perras, yendo al cine, y la lista de nuevo continúa. Si lo pensamos bien y ponemos las cosas en una balanza, ¿qué pesa más?, ¿16 kilos o una vida activa, llena de amor y conocimiento? Yo, sin lugar a dudas, me inclino por la segunda opción. Por eso cargo con orgullo esos kilos, porque ellos me recuerdan todos los días dónde estuve y dónde estoy parada ahora.

Tiempo y escritura
¿Sabías que el tiempo puede ayudarte a sacar esa parte escritora que llevas escondida? Sí, así es. Podría considerarse una trampa, pero ¿qué importa? Yo lo uso


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